Se puede definir al turismo como una actividad que consiste en viajar, con el objetivo de conocer diferentes lugares geográficos. Desde tiempos muy antiguos, hubo viajeros que se desplazaban a otros lugares bien por motivos comerciales, aventureros o espirituales.

Algunos de ellos son muy conocidos. El geógrafo de la Antigua Grecia, Estrabón, recorrió gran parte de Europa describiendo los pueblos y culturas que en ella habitaban, en su obra llamada "Geographika". La escritora galaico-romana Egeria peregrinó a Jerusalén en el siglo IV desde Gallaecia, y Marco Polo siguió la ruta de la seda como comerciante desde Venecia a Mongolia en el siglo XIII.

En el siglo XIX, el médico David Livingstone, fue destinado a África y acabó "descubriendo" las Cataratas Victoria. Lo pongo entre comillas porque las cataratas ya estaban allí cuando llegó, así que suponemos que ya las conocían los nativos de aquella zona africana. Y ya en el siglo XX, el escritor maltés Gerald Brenan, después de vivir en varios lugares, viajó por el sur de España y escribió Al Sur de Granada, describiendo la geografía física y humana de aquel lugar.

Pero el sector turístico tal y como lo conocemos hoy, surgió a partir de la revolución industrial, cuando se empezó a formar el negocio de los viajes de la mano de emprendedores como Thomas Cook, que organizó las primeras rutas de viajeros. Y a medida que los medios de transporte y las comunicaciones han ido mejorando, el turismo también ha tenido un rápido crecimiento y hoy en día es un sector que genera muchas actividades económicas alrededor de los viajes. Actividades de ocio, culturales, de alojamientos o de transporte.


El turismo sostenible frente al turismo de masas.


En la actualidad, muchas ciudades, países y regiones han visto como el turismo es un recurso económico que tiene mucha demanda en todo el mundo y que genera la creación de muchas empresas y puestos de trabajo. Además, muchos de estos territorios llegan a especializarse en este sector, generándose una cierta dependencia económica del mismo. Al igual que sucede en zonas industriales, agrarias o mineras.

Debido a esto, un hecho positivo es que el turismo obliga a las administraciones locales, regionales y nacionales a implicarse en la conservación de su patrimonio histórico y de sus recursos naturales, ya que el mercado crea una competencia, no sólo en precios, sino en calidad. Es por ello que en ciudades donde había barrios degradados y abandonados, han sido rehabilitados y hoy están llenas de bares, restaurantes, tiendas y alojamientos turísticos. 

Sin embargo, una economía orientada exclusivamente al turismo genera aspectos negativos como la masificación, el deterioro ambiental o la contaminación acústica. Esto perjudica principalmente a la población local, que en muchas ocasiones se ve obligada a cambiar de residencia huyendo del ruido o de los altos precios de los alquileres provocados por el turismo.

Uno ejemplo de ello son las ciudades portuguesas de Lisboa y Porto, que gracias a políticas orientadas al turismo, han visto en pocos años como muchos de sus edificios se han rehabilitado con viviendas para alojamientos turísticos y locales para hostelería. Actualmente son ciudades que atraen una importante inversión extranjera, así como turistas, estudiantes Erasmus o mano de obra procedente de otros países para trabajar en el sector que genera más puestos de trabajo. 

Pero también ha incentivado la precariedad laboral, ya que el turismo, sin ser una industria tiene unas características laborales parecidas a las de trabajos en obras o en fábricas, con largas jornadas de trabajo, sueldos bajos que muchas veces se complementan con propinas, etc. 

También está el caso de las ciudades mediterráneas como Barcelona o Venecia, a las que llegan millones de turistas al año, muchos de ellos en excursiones de cruceros, que producen también importantes residuos en el Mar Mediterráneo.

En el caso de Barcelona, el excesivo aumento de los precios de los alquileres en el casco histórico, ademas del ruido, ha obligado a vecinos de toda la vida a mudarse a vivir en otros barrios y a tomar medidas, por parte de las administraciones, para regular los pisos turísticos. En las grandes ciudades se produce una zonificación en la que además de las zonas industriales, comerciales y residenciales, también existen las turísticas. Quizás con una buena planificación esto no sea tan negativo.

Y en el caso de Venecia, al ser una ciudad turística de gran valor patrimonial histórico-artístico, se ha convertido hoy en una especie de ciudad-museo llena de tiendas de souvenirs, en la que ya casi nada queda de una ciudad con identidad propia y tranquila para vivir. Además, la enorme afluencia de turistas durante los meses de verano ha hecho que se limite el número de visitas y que se cobre una entrada para visitar la ciudad.

Una situación parecida ocurre en otras ciudades turísticas. En Ámsterdam, al igual que en muchas zonas del Mediterráneo, en los últimos años se ha incrementado el llamado "turismo de borrachera". Por eso, en los Países Bajos, ya están apostando por cambiar su modelo de turismo hacia uno más sostenible. Evitando grandes campañas turísticas en el extranjero, fomentando el turismo de proximidad y el ecoturismo ante el turismo de masas.

Pero el problema va más allá de las ciudades. Son bien conocidas las fotografías que circulan por la red de la Gran Muralla China repleta de gente como si fuera un gran centro comercial. O de Maya Bay, la espectacular playa tailandesa que se hizo famosa por una película que Leonardo Di Caprio rodó allí, con más turistas sacando selfies que tomando el sol. Y otros muchos espacios naturales o históricos menos conocidos pero que sufren, a distinta escala, la misma masificación y deterioro.

En estos lugares turísticos es importante la aplicación de tasas turísticas o el cobro por entrar para su mejor protección y mantenimiento, además de aumentar la productividad económica del lugar en donde se encuentre. Aunque esto puede producir una especie de elitismo turístico como ya sucede, por ejemplo en las ruinas mayas de Machu Picchu (Perú). Aquí hay un enorme diferencia de precios en el transporte que lleva a las ruinas, o bien en tren más rápido y cómodo, o bien en bus lento e incómodo y con un tramo a pie.

Algo parecido ocurre con el Camino de Santiago, un tipo de turismo de peregrinaciones de esencia más espiritual y natural pero que cada vez está siendo más masificado y ya convertido en un negocio. A su alrededor surgen alojamientos, restaurantes cada vez de mejor calidad y mayor precio. Y gente vendiendo todo tipo de servicios a los "peregrinos" hasta transporte para llevarles sólo la mochila. Quizás en un futuro no muy lejano haya dos tipos de camino, el caro y el barato. ¿Es bueno explotarlo como recurso económico, o dejar que mantenga su esencia espiritual sin masificarlo y que así sea accesible para todos? ¿Son compatibles ambas cosas?


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Turistas de paseo por la Muralla China